Yo ya estuve allí,
remolqué mis cadenas cada noche,
fabriqué las almenas de tu castillo
y comprendí que la muerte se vuelve pasajera.
Anduve despistado como un niño,
aturdido hasta la nausea.
Y es que la grandeza es inaudita.
Caminé por entre soles de Teverga
y decidí dilapidar mi tiempo.
¡Qué bonito puede parecer el pulso
cuando lo sientes en las sienes!
Me paseé por la cabeza del mundo
y sonreí cuando te vi caer.
¡Que cerca del suelo quedaste!
Mañana volveré a estar,
en un salón quizá
o en una marabunta de senos,
o quizá en una playa,
siempre al lado de peces y besos.
Yo que ya estuve allí
me remito a lo pasado para poder respirar
ahora que las piernas se mueven
buscando un lugar para la huida.
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