Hay un día en el que todo está en calma,
el aliento se confunde con la huella en el cristal,
cada perro ladra a su propia Luna
y los ojos del granito se reflejan en la escarcha.
Un día caído como las hojas del almendro,
lleno de dudas y de sueños primitivos,
detenido como la sangre de los muertos.
Ese día es sólo un día, el Día.
No llega más, no nace más, no madura.
Un día robado de lo eterno,
esperado tantas veces, tantos días, siempre.
Un día que al final es un momento.
No llega más, no nace más, no vuelve.
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